Aïda

Diffa, Níger

Escucha la historia de Aïda en voz de Xavier Aldekoa.

Aïda pensaba que era una chica con suerte. En su aldea de Tchoukoudjani, en el lago Chad, las tierras eran fértiles y la vida era tranquila. Sus cinco hijos crecían sanos y en el huerto había tantos alimentos que a menudo le sobraba para vender el excedente y comprar otros productos o un poco de ropa. Su marido también pescaba. Pero un día llegaron a la aldea unos tipos barbudos, pidieron hablar con el jefe de la aldea y todo cambió: eran de Boko Haram. Los yihadistas de la banda fundamentalista exigían a todos los hombres que se unieran a su causa. A los adolescentes incluso les ofrecieron dinero y una motocicleta nueva a cambio de luchar contra los gobiernos de la región. Las palabras pronto se convirtieron en amenazas y poco después en un kalashnikov. “Recuerdo ese día —dice Aïda Mainatouwo— en el que llegaron hombres armados y nos dijeron que si no nos uníamos a ellos, nos atacarían y no quedaría nadie vivo. Ese día nos marchamos”. Junto a la mayoría de sus vecinos y de la mano de sus cinco hijos, Aïda caminó durante 24 horas seguidas hasta que unos militares les encontraron y les llevaron al campo de desplazados de Kindjandji, en la Route Nationale 1. Junto a esta carretera, la única asfaltada que corre paralela a la frontera de Níger y Nigeria, se han instalado más de 240.000 personas con la esperanza de recibir algo de protección y de ayuda. Reciben poco de ambas. Las organizaciones internacionales distribuyen alimentos y agua potable, pero nunca es suficiente. Aïda se siente atrapada. “Aquí no podemos cultivar y nuestro principal problema es la comida. Quizás no nos disparan, pero aquí Boko Haram nos mata de hambre”.