Reportaje — 1

Humo mágico en Gambia para
alcanzar Europa

 

Fotos — EDU PONCES | RUIDO Photo
Texto — XAVIER ALDEKOA. Corresponsal en África Subsahariana | Doboo (Gambia)
08 de octubre de 2017

Bakary puede predecir la muerte en el desierto del Sahel y también en el Mediterráneo. Siempre, eso sí, previo pago. Para él, el futuro aguarda oculto en las tres pizcas de polvo que saca de un bol de barro y lanza sobre unos hierbajos ardiendo. Cuando el humo asciende y difumina la oscuridad de su choza de barro en Doboo, una aldea en el interior de Gambia, Bakary se estira la cara con las palmas de las manos, susurra nombres de espíritus y advierte: “Si alguien me esconde algo, lo sabré; puedo leer la mente”.

La habitación oscura donde Bakary Hatab Keita adivina el futuro encierra la esencia de un mundo alternativo de espíritus y tradiciones ancestrales que acompaña el día a día de millones de africanos. No importa la condición. Ya sean doctores o analfabetos, campesinos o presidentes, miles de personas creen en fetiches malditos, poderosos marabúes y talismanes protectores.

La creencia en espíritus y amuletos protectores entre los inmigrantes que van a Europa ha disparado el negocio de los marabús o hechiceros

Cuando narra el proceso, Bakary, vestido con una camisa de rayas y un pantalón naranja, mira fijamente a los ojos y habla entre susurros, pero no se da especial importancia. Tampoco pide dinero por mostrarnos su magia. El uso de marabús está tan extendido en la región –se consultan para enfermedades, vencer el mal de amores, pedir fertilidad o incluso llamar a la lluvia–, que su extensión al fenómeno de la migración subsahariana se acepta de forma natural. “Hace tres o cuatro años, hacía hasta tres pócimas diarias para migrantes, pero ahora hago menos, la ruta por Libia se ha hecho peligrosa y la gente tiene miedo de ir”.

Una ducha sagrada

Las fórmulas de protección varían según el hechicero. Modu Jallow, camisa azul y gorro blanco, mezcla las creencias tradicionales con el islam. Según Modu, los enigmas de la pócima protectora, que en su caso implica una ducha sagrada y la fabricación de gri-gris, están escritos en el Corán. A los futuros migrantes, les cobra una tarifa fija de 5.000 dalasis (89 euros), una fortuna para quien precisamente huye hacia Europa a causa de la pobreza.

A veces, son sus familiares quienes vienen a pedir ayuda. “Muchos jóvenes se marchan sin avisar e informan a sus padres de que están en el back way cuando ya han llegado a Bamako –capital de Mali–, así que son ellos quienes vienen a pedirme un yuyu para su hijo”.

Modu también hace alarde de honestidad. Admite que hay chamanes falsos y charlatanes, pero jura que, si al tirar unas conchas y unas piedras, ve que la travesía del cliente irá mal, le aconseja que abandone la idea durante un tiempo. No sabe si le hacen caso.

Backway con final feliz o no

Al llegar a cualquier aldea del interior de Gambia, se hace evidente que a los marabúes no les ha faltado trabajo. En Doboo, prácticamente todos los hogares tienen a algún familiar que ha hecho el backway, con final feliz o no. Apenas hay un puñado de jóvenes en el pueblo. Y si fuera por Adama Dibba, de 30 años, habría uno menos.

“En cuanto tenga dinero, me iré a Europa por la ruta de Agadez (Níger) y Libia. Sé que es peligroso, pero prefiero morir de una vez que ir muriéndome poco a poco aquí, sin nada que hacer”. Nunca ha tenido un empleo fijo y sobrevive haciendo pequeñas faenas intermitentes. Cuando no tiene trabajo, Dibba simplemente se sienta frente a su casa a ver pasar las horas.

Dibba es de los pocos jóvenes que quedan en su pueblo de Doboo, al interior de Gambia.

«Es humillante porque ves que tú no haces nada por tu familia y otros se fueron y mandan dinero a sus casas. En mi equipo de fútbol éramos 22 jugadores y unos 17 o 18 se han ido hacia Europa. Por lo menos quince han llegado”.

En su caso, y es habitual, la familia está de acuerdo. Tienen previsto vender animales y unos terrenos para costear los aproximadamente 1.500 euros de la travesía –la mayoría para pagar a traficantes– y para pedir la protección del hechicero. “Para nosotros, obtener la bendición del marabú es importante. Necesito su protección para evitar la mala suerte, pero si me dice que no debo ir, iré igualmente”.

“En cuanto tenga dinero, me iré a Europa. Sé que es peligroso, pero prefiero morir de una vez que ir muriéndome poco a poco aquí, sin nada que hacer”, dice Dibba

En el centro del pueblo, un grupo de ancianos conversa pausadamente y fuman en pipa a la sombra de un árbol. Al ver llegar al extranjero saludan amables y piden conocer el motivo de la visita. Momodu Jarju Sey, de 68 años, se revuelve al saberlo. “¡Ah! ¡La migración! Nuestros jóvenes se van, este tipo de migración jamás había ocurrido; es el deseo de Dios. Quieren tener una vida buena como los europeos”. Jarju está casado con tres mujeres y tiene diez hijos. Dos de ellos han hecho el backway. Usman, de 17 años, llegó a Alemania hace dos años, dice, pero de Mustafá hace tiempo que no sabe nada. Le perdió la pista en Libia.

Y es en esa desesperación de Jarju, en esa incertidumbre dolorosa compartida por miles de familiares a lo largo del continente, donde los marabús y hechiceros han encontrado un nuevo nicho de negocio. Muchos acuden al marabú para obtener alguna información del paradero de su hijo desaparecido. La demanda es alta. Solamente en este año ya han muerto o desaparecido en el Mediterráneo más de 2.655 personas; casi 16.000 desde el año 2013.

Momodu Jarju Sey, de 68 años, tiene dos hijos que han hecho la ruta hacia Europa

Según la Organización Mundial de las Migraciones, probablemente ha desaparecido una cifra similar de personas al intentar cruzar el desierto del Sahel y hay miles de personas retenidas por mafias en Libia, que secuestran a migrantes en masa y piden rescates a las familias bajo amenaza de matar y torturar a sus familiares o venderlos como esclavos. Un informe reciente de Oxfam cifraba en 7.000 el número de los migrantes hacinados en 34 centros de detención libios. Aunque advertía de la existencia de un número indeterminado de villas y granjas donde las mafias locales mantienen secuestrados a miles de personas bajo condiciones deplorables, donde la tortura, el trabajo forzado y las violaciones son el día a día.

La última llamada

En el pueblo de Tujereng, al sur de Banjul, Bintu Janko no quiere oír hablar de la posibilidad de que su hermano Mansuk, de 27 años, haya corrido esa suerte. A sus 18 años, Bintu se estremece sólo de pensarlo. “No hemos sabido nada de él en ocho años –explica–. La última llamada fue desde Trípoli, nos dijo que estaba enfermo y le habían secuestrado. Después de eso, nada”.

Su padre ha perdido la esperanza, pero tanto Bintu como su madre, creen que Mansuk sigue vivo. Porque lo dice el chamán. “Fuimos a ver a un marabú y nos dijo que aún vivía pero que su vida es miserable”. Además de cobrarles 25 dalasi por sesión (50 céntimos de euro), les pide que hagan regalos a los pobres para enviar suerte a su hermano. Bintu dice que a veces sueña con Mansuk. “Eso creo que es una señal; me hace mantener la ilusión de volver a verle”.

Tiene otra esperanza. La última vez que fueron a ver al marabú, les dijo que si consiguen algún detalle de su secuestrador, su nombre o su apellido, podría hacer un conjuro para mandarle mala suerte y conseguir que su hermano regrese a casa después de estos ocho años. También les dijo que les haría un buen precio.

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